La espera y su llegada

Las semanas que vinieron a continuación de la operación fueron de mucho dolor físico, de angustia por mi hija, de pena por estar 21 días en la clínica donde las noches eran eternas. La orden era reposo absoluto.

Cada cierto tiempo hacíamos una ecografía para ver cómo estaba ella. La hidrocefalia que tenía en un comienzo (cada día aumentaban los ventrículos), se había detenido. Sólo con esto sentíamos que este momento tan difícil valía la pena. 

Sólo alcance a estar seis semanas antes de que naciera. Sin ninguna duda las peores semanas de mi vida; un dolor inimaginable, una sensación de responsabilidad tan grande, saber que cualquier mal movimiento pueda desencadenar la llegada de una guagua que aún no está suficientemente desarrollada para vivir. El problema de tanto reposo es que la mente toma rienda suelta, uno alcanza a imaginarse y proyectar prácticamente todas las situaciones posibles desde hoy a 30 años más. Nunca una mujer estuvo tan pendiente de su guata; yo miraba atentamente cualquier movimiento,

Queríamos que nuestra hija llegara de 35 semanas, aspirábamos a 30, pero llegó de 29. Fue una cesárea de urgencia después de una ecografía donde ella apenas se movía. Fue un parto de mucho miedo, expectación y angustia. 

Sabíamos que siempre había un riesgo de prematurez; pero no lo dimensionamos hasta el nacimiento. Estábamos tan preocupados de la espina bífida y sus secuelas que no alcanzamos a pensar lo que sería un parto tan prematura. Nuestra niña de llegó 1.200 kilos y 37 centrímetros, llena de tubos y  no la pude ver hasta dos días después en su incubadora.