En la neo


Cualquier mamá o papá que haya tenido una guagua prematura puede entender la frustración y la angustia que significa tener a tu hija y hijo aislado y conectado por todos lados. Es algo tan traumático que hay cientos de grupos de apoyo, páginas e incluso organizaciones relacionados con el tema.

Nosotros siempre estuvimos tan atentos a la enfermedad de nuestra hija, que no estábamos preparados para la estadía en la neonatología. Irse en la noche a la casa sintiendo que dejábamos la mitad de nuestro corazón en la clínica, no poder dormir pensando si la estaban cuidando bien, si estaría llorando, si estaría durmiendo bien. Las primeras semanas sólo podíamos tomarla 5 minutos en la noche, cuando la sacaban de la incubadora para cambiar las sábanas. 

Hubo días mejores que otros. Cuando ya llevaba un mes y medio en la clínica empezamos a sentir un cansancio agobiador, de tanto casa-clínica-casa. Uno nunca siente que está donde debería y tiene esa sensación de no pertenecer en ningún lado. La clínica era arisca y la casa se sentía vacía. Dicen que la angustia de tener a un hijo o hija en la UCI por tanto tiempo es inimaginable para quien no lo ha vivido. Es como un tiempo detenido, donde todos los días son iguales y entras a la sala esperando que ningún doctor quiera hablar contigo, porque eso nunca son buenas noticias.

Le hiceron exámenes interminables, por la prematurez y por la espina bífida. La espera de cada uno era un martirio. Teníamos noticias buenas: que la hidrocefalia se había detenido desde el momento de la operación. Teníamos noticias malas: había riesgo de retinopatía del prematuro. Y así pasaban los días. 

Una vez estabilizada y a las tres semanas de nacida (es decir a las 32 semanas de gestación) nuestra hija empezó su terapia de rehabilitación en la clínica. Le hicieron unas mini botas (las de la foto) para corregir los pies y masajes en los talones. Todo era muy suave y pausado para no causarle cansancio. 

Las primeras botitas

El 15 de diciembre; 1 mes y 23 días después de su nacimiento, nos pudimos ir a a casa, aunque en estricto rigor estábamos la mitad del día en la clínica. Me lo habían advertido, pero de verdad era muy estresante la cantidad de doctores que teníamos que ver que ver; el neurólogo, el neurocirujano, el traumatólogo, el urólogo, el pediatra, la oftalmóloga y para todos ellos había que hacer exámenes.

No todos salían buenos, y tuvimos que empezar a entender que pese a que teníamos una guagua normal, preciosa, sana y comilona, tenía una condición que necesariamente iba a aparecer en los exámenes y era la única forma de poder ayudarla a salir adelante. 

Nicole KellerComment